En mayo de 1986, Stella Turcato se sacó una foto con Diego Maradona en las instalaciones del Club América, en Coapa, donde la selección argentina concentraba antes del inicio del Mundial. Él sonríe. Ella también. Tenía 22 años, trabajaba como periodista y estaba cubriendo el torneo que terminaría con Argentina campeona en el Estadio Azteca.

Después de aquel Mundial decidió quedarse. Lo que había comenzado como una cobertura periodística se convirtió en una vida entera en México. No llegó sin historia previa: su tío, Carlos Turcato, había emigrado desde Buenos Aires en la década del 50 y desarrollado allí su carrera como futbolista, tras su paso por River. Su padre recorrió un camino similar. Stella se quedó. Cuatro décadas más tarde sigue viviendo en el país y dirige un portal de noticias en el estado de Morelos.

Por eso, cuando observa el Mundial 2026, siente que está viendo dos países distintos. "La gente dice que este Mundial está desangelado. ¿Cómo no va a estarlo? Son pocos partidos en el país, está dividido entre tres naciones y todo se siente muy forzado", cuenta mientras sigue la inauguración por televisión argentina. La comparación le sale sola. En 1986 estuvo en el debut de Argentina frente a Corea del Sur y también en la final. "Había un gran ambiente. Era otro México", recuerda. El país de entonces cargaba con las secuelas del terremoto de 1985 —la inauguración llegó apenas ocho meses después— pero el Mundial logró convertirse en una celebración colectiva. El de ahora, dice, se siente distinto desde adentro.

La foto con Maradona quedó guardada. Él murió en noviembre de 2020. Stella estaba en Buenos Aires ese día. "Había un moño negro en la Casa Rosada. Al día siguiente fue el velorio", recuerda.

Del México de Maradona al México de las protestas

A unos 700 kilómetros de allí, en Oaxaca, Fabián Hernández, de 36 años, también habla de dos realidades que conviven. Llegó desde Santa Fe hace ocho años y trabaja en hotelería y turismo. Mientras el Mundial decora calles y plazas, los docentes mantienen campamentos y bloqueos en distintos puntos de la ciudad. "Hace casi tres semanas que están instalados en la ciudad", explica. "Es un reclamo histórico por mejores condiciones de jubilación", suma.

La sección 22 del sindicato magisterial, con base en Oaxaca, es uno de los gremios más combativos de América Latina. Esta vez aprovechó la vidriera del Mundial para presionar al gobierno con un pliego que incluye un aumento salarial del 100% y la derogación de una reforma previsional aprobada en 2007. La advertencia llegó hasta las puertas de la inauguración: sin respuestas oficiales, podía haber medidas para afectar el evento. "No se ve algo agresivo. Pero la movilidad es un caos entre festejos y protestas", aclara Fabián.

La ceremonia igual se realizó, con vallas a varios kilómetros del Azteca y acceso limitado a quienes tenían entrada. Los boletos más económicos rondaban los siete mil pesos mexicanos, una cifra difícil para buena parte de la población. Esa misma noche, las Madres Buscadoras —familiares de personas desaparecidas en democracia, una referencia inevitable a las Madres de Plaza de Mayo para cualquier argentino— marcharon hacia el estadio para visibilizar una crisis que sigue atravesando al país. A pocas cuadras de la fiesta mundialista convivían el reclamo, la memoria y el duelo.

ESPECTADORES. Desde Oaxaca, Fabián Hernández registró la atención de los huéspedes durante el triunfo de México por 2 a 0 sobre Sudáfrica en el partido inaugural del Mundial 2026.

La mirada de quien también estuvo en el 86

Miguel Ángel Garnica lleva 42 años en México. Vive en un pueblo pequeño, está retirado y en el Mundial del 86 tampoco fue a ningún partido. Estaba demasiado ocupado vendiendo equipos satelitales en Guadalajara, en una época en que gran parte del país dependía de esa tecnología para seguir las transmisiones de televisión. "Fue una época de bonanza para mí", recuerda entre risas. Pero lo que más conserva de aquellos días no tiene que ver con los negocios sino con el clima que rodeaba al torneo.

"Televisa preparaba psicológicamente al mexicano para que su segundo equipo fuera Brasil. Lo hacían desde la televisión, desde el periodismo, desde todos lados. Así hacían plata en cada Mundial, sin necesidad de que México llegara a la final", dice. Y Argentina ocupaba el lugar opuesto. "Nos catalogaban de agrandados, de creídos, de soberbios. En una sociedad donde la modestia es casi un valor nacional, eso jugaba en contra", expresa.

EN LA ACTUALIDAD. Miguel Ángel Garnica llegó a México hace 42 años. Desde su pueblo observa el Mundial 2026 y recuerda cómo se vivió la Copa de 1986.

Cuatro décadas después, percibe un cambio. "Las generaciones más jóvenes crecieron con Messi. Muchos están divididos entre Cristiano y Messi, pero son un poco más Messi. Hay más simpatía por Argentina que antes." La lógica mediática, sin embargo, le resulta familiar. "Ahora le dan manija a que la final va a ser México-Portugal. Eso mueven y mueven todo el tiempo", cuenta sin enojo. Después de más de cuatro décadas en el país, pocas cosas logran sorprenderlo.

Los tres llegaron desde Argentina en momentos distintos y encontraron un México diferente al que imaginaban. Stella lo mira desde Morelos, con la inauguración en la pantalla y aquella foto de Coapa en la memoria. Fabián lo vive desde Oaxaca, donde las carpas de los docentes ocupan las plazas mientras la fiesta futbolera intenta abrirse paso. Garnica lo sigue desde la tranquilidad de su pueblo, con la paciencia de quien conoce el país desde hace más de cuatro décadas. Afuera llueve sobre las carpas de los maestros. Maradona sonríe en una foto de 1986.